2020… ¡qué puedo contar que no se sepa!

Puedo contar que, impartiendo clases, fui feliz dentro del horror.

Teniendo 3 grupos y muchas horas de clase, la modalidad online se nos vino encima con toda la incertidumbre.

El lunes 9 de marzo de 2020 por la noche, nos avisaron que desde el miércoles no se harían más encuentros presenciales en la universidad. El martes 10 cambié el contenido de mi clase de Periodismo multimedia de Vicálvaro por una práctica para asegurarme de que todo mi alumnado conocía la plataforma de videoconferencias, hablamos del futuro desconocido que se nos venía encima y de cómo nos adaptaríamos. “El mundo va a seguir y nosotros también”.

Una alumna, Paula, que desde el comienzo del curso nos iba alertando sobre la peligrosidad del virus, se mantuvo casi toda la hora de pie, cerca de la puerta. La entendí perfectamente. Otro chico, estaba agazapado en la esquina más alejada posible del resto. La situación era tan tensa, tan incierta, que por momentos resultó graciosa. Éramos unos 25 en el aula, todos probando hacer videoconferencia, acoplando sonidos, mirando el proyector a ver cómo lo veía todo la profe. Mientras, me enfrentaba a lo desconocido al igual que todo el mundo, pero no dejaba de alentarlos, de dar ánimos y energía, como si fuese una experta en pandemias. No tengo idea de dónde me salió esa fuerza…

Los encuentros online

Dimos las clases por videoconferencia. Mi mayor reconocimiento al equipo de URJC online y a los servicios informáticos, porque todo funcionó muy bien.

Obviamente, tuve que adaptar metodología, pero por suerte –y gracias a la plataforma de MedioMultimedia– pudimos mantener el ritmo de publicación semanal que el medio requiere. El alumnado se adaptó a hacer entrevistas por videoconferencia y a convertir rutinas pequeñas en grandes historias.

Gran parte del tiempo lo dediqué a la adaptación de materiales, a hacer pequeños vídeos para explicar el funcionamiento de WordPress y a buscar recursos ya existentes en plataformas abiertas. Otra parte, y no pequeña, la dediqué a hablar con estudiantes. Muchos, y supongo que yo también, necesitaban desahogo por la situación de encierro. Tuve decenas de tutorías, como jamás había tenido antes, y la verdad, pocas tenían contenido académico, la mayoría eran consultas sencillas en las que me terminaban contando que hacía semanas que no salían de sus habitaciones por alguien enfermo en la casa, o que no tenían internet de calidad, o que simplemente estaban muy tristes porque no podían ver a sus colegas o parejas.

Las clases, en las que mi voz sonaba en sus casas, se convirtieron en algo habitual para sus familias y co-habitantes. A tal punto, que un día decidí programar una clase especial para todos ellos: un encuentro sobre desinformación en internet y cómo detectar bulos. ¡Me la pasé tan bien! Por suerte, mi alumnado y sus cohabitantes también (menos mal, jejeje).

Las clases, a veces, coincidían con la hora de los aplausos al personal sanitario. Pero nuestras videoconferencias no se cortaban, sino que encendíamos las cámaras y los micrófonos todos a la vez y nos íbamos a aplaudir. Conocimos nuestros vecindarios, dimos juntos las gracias y nos hicimos más fuertes.

Final de curso

Los resultados del curso fueron excelentes. Logramos lo mejor de cada uno. Me siento feliz, orgullosa, satisfecha. En medio de todo el horror de esta pandemia, pudieron seguir adelante, hacer reportajes, probar cosas nuevas, innovar en formatos, tener esperanza y hasta ganar un concurso.

Recibí muchos mails de agradecimiento (que guardo como un tesoro) y este video que me emociona cada vez que lo veo. Pienso que fueron los mejores grupos que podría haber tenido, que fue “gente muy guay”, receptiva, empática y con ganas de seguir adelante, en definitiva, el mejor grupo de estudiantes que te puede tocar tener para pasar una pandemia.

Fui, y soy, una afortunada: en una casa –en obras– pero con pareja, internet y salud. Fue un cuatrimestre exigente, el más duro que recuerdo, pero a la vez, el más interesante. Gracias.

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